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La estadística y la realidad de la calle
¿Cómo puede valer tan distinto el mismo dinero según quién lo tenga en la mano?
Hablar de tasas de interés suele parecer complicado.
Tasa nominal anual, tasa efectiva, costo financiero total, tasa activa, tasa pasiva, spread, riesgo crediticio.
Pero detrás de todas esas palabras técnicas existe una pregunta que cualquier ciudadano puede comprender:
¿Por qué cuando una persona le entrega su dinero al sistema financiero recibe relativamente poco, pero cuando necesita que el sistema le preste dinero debe pagar muchísimo más?
Para entenderlo imaginemos tres situaciones.
Una persona tiene dinero y decide ahorrarlo.
Otra necesita dinero y puede conseguir un préstamo bancario.
Una tercera también necesita dinero, pero termina recurriendo a una billetera virtual o proveedor de crédito no bancario.
En los tres casos estamos hablando del mismo bien:
dinero.
Sin embargo, su precio cambia radicalmente dependiendo de qué lado del mostrador se encuentre el ciudadano.
1. PRIMER ESCALÓN: CUANDO EL CIUDADANO LE PRESTA SU DINERO AL SISTEMA
Supongamos que una persona tiene $1.000.000.
Decide no gastarlo y colocarlo en un plazo fijo.
El banco recibe ese dinero y, a cambio, le paga intereses.
Los datos del Banco Central mostraban hacia julio de 2026 tasas promedio para depósitos a 30 días cercanas al 20% nominal anual.
Aquí aparece la primera cuestión importante.
Recibir un interés no necesariamente significa aumentar nuestro poder adquisitivo.
Si nuestros ahorros aumentan un 20% durante un año pero los precios aumentan más que eso, tendremos más pesos en nuestra cuenta, pero esos pesos comprarán menos bienes y servicios.
Por eso debemos diferenciar dos conceptos:
ganar pesos y ganar poder adquisitivo, No siempre significan lo mismo.
2. SEGUNDO ESCALÓN: CUANDO EL CIUDADANO NECESITA QUE LE PRESTEN
Ahora demos vuelta la situación.
La misma persona ya no tiene $1.000.000 para depositar.
Necesita pedir dinero prestado.
Aquí aparece una primera diferencia entre la estadística y la realidad individual.
El Banco Central puede informar tasas promedio del sistema para determinadas categorías de préstamos.
Ese dato es válido y necesario para conocer el funcionamiento general del mercado.
Pero una tasa promedio no significa que sea necesariamente la tasa que encontrará cada ciudadano cuando solicite un préstamo.
En una consulta bancaria concreta realizada en agosto de 2026, frente a la necesidad de obtener un préstamo personal a doce meses, el costo anual informado alcanzaba aproximadamente el 90,8%.
Entonces aparece una diferencia importante.
El sistema puede recibir dinero de un ahorrista pagando alrededor del 20%.
Pero ese mismo ciudadano, cuando necesita dinero prestado, puede encontrarse frente a un costo cercano al 90%.
Esto no significa que toda esa diferencia sea ganancia del banco.
Existen costos, impuestos, riesgo de incobrabilidad, estructura operativa, regulación y rentabilidad.
Pero la magnitud de la diferencia merece ser analizada.
3. TERCER ESCALÓN: LA TARJETA DE CRÉDITO
Existe una situación todavía más cotidiana.
El ciudadano utiliza su tarjeta de crédito.
Llega el resumen.
Por algún motivo no puede pagar la totalidad.
Entonces decide financiar el saldo.
En una consulta bancaria concreta realizada en agosto de 2026, el costo anual informado para esa financiación se encontraba aproximadamente en el 124%.
Aquí ya no estamos hablando necesariamente de alguien que pidió dinero para realizar una inversión.
Puede ser una familia que utilizó la tarjeta para comprar alimentos, medicamentos, combustible, ropa o pagar gastos cotidianos.
Cuando llega el vencimiento y no dispone del dinero suficiente, debe financiarse.
Formalmente puede decidir no hacerlo.
Pero económicamente la situación puede ser diferente.
La deuda ya existe.
Y entonces aparece una pregunta:
¿Cuánta libertad de negociación tiene realmente una persona que ya debe el dinero y no puede pagarlo?
4. CUARTO ESCALÓN: CUANDO EL BANCO YA NO ES UNA OPCIÓN
Existe un sector todavía más vulnerable.
Personas que no califican para un préstamo bancario.
Trabajadores con ingresos irregulares.
Personas con antecedentes crediticios negativos.
Familias que necesitan dinero inmediatamente.
Allí aparecen billeteras virtuales, aplicaciones y diferentes proveedores de crédito no bancario.
La propuesta suele ser atractiva:
“Dinero inmediato.”
“Pedilo desde tu celular.”
“Disponible en minutos.”
La tecnología hizo que pedir dinero sea cada vez más fácil.
Pero facilidad no significa necesariamente bajo costo.
En ofertas concretas disponibles para determinados consumidores pueden encontrarse tasas que alcanzan aproximadamente el 250% anual, dependiendo de la empresa, el perfil del cliente, el monto y el plazo.
Y aquí aparece una paradoja social difícil de ignorar:
quien económicamente está más débil puede terminar pagando el dinero más caro.
5. UNA ADVERTENCIA FUNDAMENTAL: LA TASA NO SIEMPRE ES EL PRECIO FINAL
Hay algo que todo consumidor debería aprender.
Cuando una entidad ofrece un préstamo no alcanza con preguntar:
“¿Qué tasa tiene?”
Debemos preguntar:
“¿Cuánto dinero voy a terminar devolviendo?”
Porque existen diferentes maneras de expresar una tasa.
TNA - TEA - Intereses - Cargos - Impuestos - Comisiones cuando correspondan.
Por eso existe un indicador fundamental:
Costo Financiero Total (CFT).
Es una de las cifras que mejor permite aproximarnos al verdadero costo de una financiación.
Un crédito puede parecer atractivo cuando observamos solamente una tasa.
Pero el ciudadano necesita saber cuánto dinero recibe hoy y cuánto terminará pagando.
6. LA ESTADÍSTICA Y LA REALIDAD DE LA CALLE
Aquí llegamos a uno de los puntos centrales de este informe.
Supongamos que el Banco Central informa una tasa promedio cercana al 60% para determinada categoría de préstamos.
Ese dato puede ser técnicamente correcto.
Pero un ciudadano abre la aplicación de su banco y encuentra una financiación cercana al: 90,8%.
Luego consulta cuánto cuesta financiar su tarjeta: aproximadamente 124%.
Si tampoco puede acceder a esas alternativas y recurre a determinados proveedores no bancarios, puede encontrarse con ofertas cercanas al: 250%.
Entonces pregunta:
¿Cuál es la tasa verdadera?
La respuesta es que estamos observando cosas diferentes.
Una es un promedio estadístico.
Otra es una oferta concreta realizada a una persona determinada.
El promedio sirve para estudiar el sistema.
Pero el ciudadano no paga un promedio.
Paga la tasa que figura en su contrato, en su resumen o en la pantalla de su teléfono.
Por eso necesitamos mirar ambas realidades.
7. LA BRECHA DEL DINERO
Ahora coloquemos las cifras juntas.
El ciudadano puede encontrarse aproximadamente con este escenario:
Cuando entrega su dinero al sistema: alrededor del 20%.
Cuando solicita un préstamo bancario: alrededor del 90,8% en una oferta concreta.
Cuando necesita financiar el saldo de su tarjeta: alrededor del 124% en una consulta concreta.
Cuando debe recurrir a determinadas alternativas no bancarias: pueden aparecer ofertas cercanas al 250%.
No estamos afirmando que todos los bancos cobren 90,8%.
No estamos diciendo que todas las tarjetas cuesten 124%.
Tampoco que todas las billeteras cobren 250%.
Estamos mostrando algo diferente:
la enorme distancia que puede existir entre lo que recibe un ciudadano cuando entrega su dinero y lo que debe pagar cuando necesita dinero.
8. ¿POR QUÉ LOS BANCOS Y LAS FINANCIERAS COBRAN MÁS?
Para que el análisis sea serio debemos escuchar también la explicación del sector financiero.
Existen razones económicas para que prestar dinero sea más caro que recibir depósitos.
Riesgo de incobrabilidad
No todas las personas devuelven los préstamos.
Cuando aumenta la morosidad, aumenta el riesgo para quien presta.
Costos operativos
Tecnología, empleados, infraestructura, sistemas de cobranza, prevención del fraude, impuestos y regulación cuestan dinero.
Riesgo financiero
Una entidad debe calcular qué ocurrirá con la inflación, las tasas y las condiciones económicas durante la vida del préstamo.
Rentabilidad
Los bancos y empresas financieras son actividades comerciales y buscan obtener ganancias.
Por eso sería incorrecto afirmar que toda diferencia entre la tasa que recibe el ahorrista y la que paga el deudor constituye ganancia pura.
Pero reconocer esas razones no significa que debamos dejar de preguntar:
¿Hasta dónde esa diferencia está económicamente justificada?
9. ¿EXISTE REALMENTE UN ACUERDO ENTRE IGUALES?
La economía de mercado parte de una idea:
una empresa ofrece un producto a determinado precio y el consumidor decide libremente si acepta.
En teoría parece sencillo.
Si un préstamo es demasiado caro: “No lo tome.”
Pero llevemos esa teoría a la vida cotidiana.
¿Qué ocurre si una persona necesita dinero para comprar medicamentos?
¿Qué ocurre si debe reparar el vehículo que utiliza para trabajar?
¿Qué ocurre si necesita comprar alimentos?
¿Qué ocurre si debe pagar servicios para evitar un corte?
¿Qué ocurre si ya tiene una deuda de tarjeta y no dispone del dinero para cancelarla?
Jurídicamente puede existir libertad contractual.
Pero económicamente debemos preguntarnos:
¿tienen las dos partes la misma capacidad para negociar?
Una posee el dinero.
La otra posee una necesidad.
Ahí aparece la asimetría de poder.
10. EL PAPEL DEL ESTADO
Aquí aparece el verdadero debate político.
No debería reducirse a: Estado contra mercado.
Tampoco a: bancos contra ciudadanos.
La pregunta debería ser:
¿Dónde termina la libertad económica y dónde comienza la responsabilidad del Estado de proteger al ciudadano?
Regular no necesariamente significa decidir arbitrariamente cuánto puede ganar una empresa.
También puede significar: garantizar transparencia; obligar a mostrar claramente el costo financiero total; evitar cargos ocultos; facilitar la comparación entre distintas ofertas;
promover competencia; prevenir prácticas abusivas; y garantizar mecanismos efectivos de defensa del consumidor.
El mercado necesita libertad, pero también necesita reglas.
11. LAS BILLETERAS VIRTUALES TAMBIÉN TIENEN REGULACIÓN
Hay algo que debemos aclarar.
Sería incorrecto afirmar que todas las billeteras virtuales o proveedores no bancarios funcionan completamente fuera del control del Banco Central.
Existen registros y diferentes regulaciones aplicables a proveedores financieros y de servicios de pago.
Por eso la discusión correcta no debería ser: “¿Existe regulación?”
La pregunta más importante es: ¿La regulación existente resulta suficiente frente a la realidad que vive el consumidor?
Porque una norma puede existir sobre el papel. Lo que debemos estudiar es qué ocurre en la práctica.
12. LA INFLACIÓN: LA GRAN PREGUNTA
Durante años escuchamos:
“Las tasas son altas porque la inflación es alta.”
Existe una lógica económica detrás de esa explicación.
Quien presta dinero necesita protegerse frente a la pérdida de valor de la moneda.
Pero entonces aparece una consecuencia lógica.
Si la inflación baja, ¿qué debería ocurrir con las tasas?
No necesariamente deberían bajar exactamente en la misma proporción, porque existen riesgo, morosidad, costos y otras variables.
Pero si la inflación disminuye considerablemente y determinadas financiaciones continúan mostrando costos del 90%, 120%, 150%, 200% o incluso 250%, corresponde preguntar:
¿Qué parte de esa tasa continúa explicándose por la inflación?
¿Qué parte corresponde al riesgo?
¿Qué parte corresponde a costos?
¿Y qué parte corresponde a rentabilidad?
No necesitamos responderlo ideológicamente, Necesitamos números.
13. EL EJEMPLO DE LOS $100.000
Quizás exista una forma todavía más sencilla de explicarlo.
Dejemos momentáneamente de hablar de porcentajes.
Tomemos $100.000.
Preguntemos: Si deposito $100.000 durante un año, ¿cuánto recibo?
Después: Si pido $100.000 prestados durante un año, ¿cuánto termino devolviendo?
Después: Si financio $100.000 de mi tarjeta, ¿cuánto termino pagando?
Y finalmente: Si una billetera me presta $100.000, ¿cuánto dinero termino devolviendo?
Cuando transformamos las tasas en pesos, desaparecen muchas palabras técnicas.
El ciudadano puede comparar directamente:
cuánto entrega, cuánto recibe y cuánto devuelve.
14. LA BALANZA DEL DINERO
Imaginemos finalmente una balanza.
De un lado está el ciudadano que tiene dinero.
Pregunta: “¿Cuánto me pagan si les presto mis ahorros?”
Del otro lado está el mismo ciudadano cuando atraviesa una dificultad.
Pregunta: “¿Cuánto me cobran ahora que necesito que ustedes me presten?”
En una punta podemos encontrar rendimientos cercanos al 20%.
Del otro lado pueden aparecer costos del 90,8%, 124% y, en determinadas ofertas no bancarias, tasas cercanas al 250%.
No son exactamente los mismos productos.
No tienen los mismos riesgos.
No poseen las mismas condiciones.
Y justamente por eso debemos analizarlos.
Porque existe una diferencia que merece ser explicada.
REFLEXIÓN FINAL
Los bancos tienen derecho a ganar dinero.
Las empresas financieras tienen derecho a obtener rentabilidad.
Quien presta dinero tiene derecho a cobrar por el riesgo que asume.
Y el ciudadano tiene derecho a saber cuánto realmente terminará pagando.
Por eso este informe no pretende afirmar que toda tasa elevada sea automáticamente abusiva.
Pretende hacer algo mucho más sencillo:
poner los números sobre la mesa.
Una cosa es la tasa promedio que aparece en una estadística.
Otra es la tasa que aparece cuando una persona abre la aplicación de su banco.
Otra es el costo de financiar la tarjeta.
Y otra puede ser la realidad de quien, excluido del crédito bancario, termina buscando dinero en una plataforma alternativa.
Todas forman parte de la economía.
Pero no todas afectan de la misma manera al ciudadano.
Durante años se justificaron tasas extraordinariamente altas señalando una inflación extraordinariamente alta.
Si ahora la inflación desciende, existe una pregunta que la sociedad tiene derecho a formular:
¿por qué el dinero que necesita el ciudadano continúa siendo tan caro?
Quizás la discusión no sea elegir entre Estado o mercado.
Quizás sea encontrar el punto donde la libertad económica pueda convivir con el bien común.
Porque para que exista un verdadero acuerdo entre privados no alcanza con que dos personas sean jurídicamente libres.
También debemos preguntarnos qué ocurre cuando una tiene el dinero y la otra tiene una necesidad urgente.
Ambas pueden estar sentadas frente al mismo contrato.
Pero eso no significa que estén sentadas en igualdad de condiciones.
Y quizás allí, precisamente allí, sea donde el Estado debe volver a mirar la balanza.